El capital político del campo evangélico latinoamericano

Por Nicolás Panotto

Diversos sucesos han puesto nuevamente sobre la mesa la relevancia política de las comunidades evangélicas. Lo vimos durante el proceso de impeachment en Brasil, donde la denominada “bancada evangélica” tuvo un rol determinante para el juicio y destitución de Dilma Rouseff. En México, con las marchas conjuntas entre comunidades evangélicas y católicas en contra del tratamiento de leyes sobre matrimonio igualitario. En menor medida en Chile y los procesos electorales que se acercan, o en Argentina y la legitimación de los aires políticos del nuevo gobierno.

Tal vez el hecho más reciente donde este fenómeno ha producido más ruido fue durante el proceso de paz en Colombia, donde un sector importante de comunidades evangélicas hicieron público su rechazo al Acuerdo, arguyendo, entre otras cosas, algunas razones ya históricas de su discurso moral: la resistencia a diversas perspectivas de género que se esgrimían en el documento y los temores frente a ciertos tufillos “castrochavistas” –en referencia a los modelos políticos de Cuba y Venezuela-, imaginario que ronda como marco de este proceso.[1]

En vistas de estos escenarios, generalmente se tiende a definir el impacto político de las comunidades evangélicas en términos moralistas, lo que lleva a suponer algunas generalizaciones, tales como “las iglesias evangélicas son todas conservadoras”, “las iglesias evangélicas son de derecha”, “las iglesias evangélicas sólo se movilizan por temas de familia y sexualidad”, entre otros epítetos. Más allá de que estas afirmaciones tienen mucho de verdad, no dejan de caer en ciertos reduccionismos, no sólo en lo que refiere al análisis del contenido discursivo que sostienen estas afirmaciones sino también de los tipos de articulación política que se despliegan a partir de ellas.

Aquí vale resaltar dos elementos. En primer lugar, los representantes evangélicos en el campo político –sean pastores, líderes, laicos o profesionales- han alcanzado con los años una gran capacidad de inserción en instancias burocráticas, partidarias e institucionales, no sólo a razón de su presencia dentro de estos espacios sino también gracias a la formación y capacitación que han alcanzado (por ejemplo, muchos actores evangélicos han estudiado ciencias políticas, abogacía, desarrollo institucional, entre otras materias, con el objetivo primario de involucrarse en política). En este sentido, los evangélicos ya no representan sólo un caudal electoral a disposición de algún candidato o partido sino que han logrado hacerse de altos niveles de estrategia, donde “lo evangélico” ya no simboliza sólo la presencia de un sector minoritario que resiste a ciertas agendas sino un significante con fuerte capacidad de construcción de capital político en todos los niveles, el cual es utilizado no sólo por la misma comunidad evangélica sino por todos los agentes políticos.

El segundo elemento a considerar es cómo concebimos el énfasis que otorgan algunas de estas comunidades a ciertas demandas morales. En este sentido, la oposición al matrimonio igualitario, la resistencia al aborto, la defensa del valor de la familia tradicional, entre otros discursos, no encarnan sólo temáticas aisladas que responden a un posicionamiento moral homogéneo o a la defensa de una cosmovisión bíblica o dogmática. Dichos elementos, más bien, deben inscribirse dentro de una comprensión sociológica mucho más amplia, que incluya la relación y apropiación de una pluralidad de agentes y discursos sociales. En otros términos, vistas desde una lectura en clave socio-cultural, estos tradicionales posicionamientos moralistas de cierto sector evangélico implican marcos discursivos, procesos institucionales e imaginarios sociales que el mismo campo evangélico ha sabido utilizar para hacer frente a otras problemáticas sociales, y reapropiar diversos imaginarios políticos dentro de una pluralidad de fuerzas socio-políticas.

Esto quiere decir que el hecho de que algunas comunidades evangélicas adhieran a este tipo de demandas, debe ser analizado desde un cuadro más extenso, es decir, como un intento de lograr acciones conjuntas con otras fuerzas políticas, sectores sociales y grupos religiosos, y la promoción de comprensiones socio-antropológicas, valores sociales, visiones clasistas, entre otros. Por ello, el impacto político de la suscripción a estos discursos involucra la adscripción a un escenario de influencia pública que sobrepasa las demandas en sí, con el objetivo de consolidar frentes de incidencia social en todos los niveles.

Lo que intento afirmar con todo esto es que el campo evangélico no es sólo un paladín conservador de la defensa sobre ciertos tópicos morales sino un agente que ha sabido articular de forma cada vez más efectiva un conjunto de discursos, perspectivas y fuerzas dentro del complejo escenario de burocratización y militancia políticas. De aquí que “lo evangélico” alude a un campo muy heterogéneo, que sabe empoderar su capital político de diversas maneras.

En este sentido, los actores dentro del campo evangélico actúan de modos muy diversos, lo que nos lleva a repensar ciertos reduccionismos muy comunes que son adjudicados a la hora de este tipo de análisis. Hoy día, por ejemplo, vemos cómo algunos actores pentecostales y neopentecostales son precursores dentro de procesos de resistencia o cuestionamiento a políticas y cosmovisiones conservadoras o neoliberales, por lo que no podemos adjudicarles tan fácilmente un mote de conservadurismo. También vemos cómo son superados problemas históricos entre comunidades cristianas –especialmente frente a la histórica satanización del “ecumenismo”- cuando católicos y evangélicos actúan conjuntamente para movilizarse contra leyes de género o la construcción de políticas de libertad religiosa. Por último, también hemos visto –especialmente en los casos de Brasil y Colombia- cómo algunas autoridades eclesiales han puesto en jaque diversos procesos políticos al actuar como fuerza de resistencia con gran poder aglutinador y con profundos niveles de burocratización y expertise política, que sobrepasan cualquier imaginario intra-eclesial.

En resumen, estos procesos muestran que el capital político de los evangélicos ya no puede describirse sólo a través de clichés moralistas. La pluralidad de movimientos y acciones por parte de los diversos agentes dentro del campo evangélico, la complejización y profesionalización en los modos de articulación institucional, los tipos de inscripción en frentes de resistencia pública, la capacidad de movilización social, la construcción de discursos socio-políticos e ideológicos, entre otros elementos, nos lleva a comprender que “lo evangélico” ya no representa –si alguna vez lo hizo- un campo de matriz política homogénea, centrada sólo en intereses de protección moral y como un simple caudal electoral, donde sus representantes son llamados únicamente a modo de estrategia para “acomodar puestos” dentro de la estructura institucional. Más bien, hablamos de un significante que en las últimas décadas ha alcanzado un gran capital político que es utilizado por los diversos miembros de la comunidad evangélica que apelan sin temor alguno a su inscripción religiosa como punto de partida para su posición política, y que saben jugar como profesionales dentro de los complejos vericuetos de la burocracia.

De aquí que el estudio de la relación entre política y campo evangélico debe dejar cierta visión naife focalizada sólo en lo pragmático y moralista, para pasar a reconocerlo –en toda su heterogeneidad- como un agente con creciente capacidad de articulación en todos los niveles, y que hoy día representa un sujeto que puede ser clave no sólo para la defensa de ciertos discursos moralistas sino –a partir de ellos- para boicotear un acuerdo de paz con impactos globales, hacer caer a una presidenta o encauzar cambios políticos radicales en un país o región.

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[1] Ver Juan Londoño, “Las iglesias evangélicas y el Acuerdo de Paz en Colombia” https://observatorio-religionyasuntospublicosal.org/2016/10/08/colombia-las-iglesias-evangelicas-y-el-acuerdo-de-paz-en-colombia/#more-338

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